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EL RECUERDO DE OSVALDO

 

Osvaldo Pugliese. Circa 1976. En su departamento de Pasteur y Rivadavia. Con Amílcar Romero, del mensuario Crisis. Medio siglo de la primera grabación de Recuerdo por el sexteto de Julio De Caro y su violín corneta.

En 1924, ese muchachito flaco, de apenas 18 años, casi magro, hijo de un zapatero remendón, flautista de tríos tangueros, a quien el padre había mandado a estudiar piano clásico con el sueño inmigrante de verlo un día subir de pingüino al Colón para ejecutar las grandes obras del repertorio clásico, cambió el tango. Aníbal Troilo llegará a decirle a todo aquel que quiso escucharlo: "Hubiera dado todo por escribir Recuerdo." Y fue el autor de Responso, entre otros...

Más hijo dilecto que discípulo de Julio De Caro, quien cuatro años después, en 1928, junto a Dante Linyera, compusiera Boedo, fue el eslabón imprescindible para llegar a Astor Piazzolla. En mayo de 1982, en un recital histórico por muchos motivos, otra vez en el Regina, donde también participó por única vez Roberto Goyeneche, el encargo de presentarlo fue el propio Astor. Su admiración sentida por Pichuco corría por otro andarivel. El tríptico De Caro,  Pugliese y Piazzolla no es ningún misterio por los tangueros. Violín, piano, fueye, y qué talentos y capacidad creadora...

En el viejo ABC, de Córdoba y Canning, con palcos tangueros, los más memoriosos siempre recordaban que al atardecer empezaban a subir los conjuntos. Entre interpretación e interpretación, a grito pelado, la concurrencia daba la pauta de un ranketing y un marketing que todavía no existía en materia de preferencias. A partir de mediado de los '20, los más entusiastas gritaban: "¡Recuerdos!", porque es el día de hoy que en el hablar cotidiano se lo dice en plural.

Pero junto con su fama también, como un fantasma, lo acosaban las famosas variaciones del final, un verdadero galimatías para los bandoneonistas cuando no tenían los dedos demasiado ágiles en la mano derecha. Algo que casi inevitablemente hacía que desde el palco respondieran: "¡Serán dados, che!", y atacaban con cualquier otro.

El mismo Osvaldo, sonriendo socarrón, recordaba esta anécdota en 1976, cuando en un informe especial del mensuario cultural Crisis se reavivó ese acontecimiento que era el cincuentenario de la primera grabación de semejante hito tanguero, el peluquero Moreno, autor de la inevitable letra que debía acompañar a toda partitura, contó los detalles de la pelusa y bigote que les hizo la censura, particularmente con el original cafe concert, que hubo que cambiarlo por el viejo café, y hasta el mismo Julio de Caro, por momentos lloroso, repitiendo "mi hijo, mi hijo", repitiendo sin poderlo creer todavía la trayectoria impecable, inclaudicable, de su pollito, en el piso lujoso de la barranca de Callao antes de morir en Libertador, alejado desde hacía mucho, por razones que se pueden decir sentimentales, de todo lo que fuera la música popular de Buenos Aires. A veces volvía a escuchar casi de contrabando todos aquellos sones a los que él le había puesto el inicio de un hilo conductor que siguió una marcha tan natural como ineluctable. 

Un incunable. La crisis de los '30 pega con todo y hay que comer. También irse con la música a otra parte. Elvino Vardaro, Vardarito, para Piazzolla el mejor violín del tango, a la derecha, y el joven pianista veinteañero Osvaldo Pugliese forman un sexteto para salir de gira por el interior y capear el temporal. ¿Los fueyes? Maffia y Laurenz. La infaltable voz cantante no llegó para la foto. Una tal María Elena Torres. Algunos ya la llamaban familiarmente Malena y años después Homero Manzi la encontraría en un piringundín de Río de Janeiro.  © 

 

 


 

 


 Rubén Derlis (poesía)Desde BoedoPapeles de Boedo | E-Books
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