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Esquina noroccidental de San Juan y Boedo en 1935. LA esquina.

Luis O. Cortese

¿SOBRE LA IDENTIDAD?

 ¿No es necesario [...] ocuparse de las nuevas formas de identidad que se organizan en las redes comunicacionales masivas, en los ritos multitudinarios y en el acceso a los bienes urbanos que nos hacen participar en 'comunidades' internacionales de consumidores?” GARCÍA CANCLINI, Néstor, “Culturas urbanas de fin de siglo: la mirada antropológica”.

La ciudad siempre ha sido un espacio generado pero también generador permanente de estilos de vida y... de aquello que hemos dado en llamar identidades, resultante de las múltiples pertenencias –y experiencias– que como individuos vamos adquiriendo al correr de nuestra vida de relación: la familiar, la etapa educacional, la laboral, la lúdica y tantas otras más, cuanto más activo y participativo sea el individuo de quien se trate.

Las identidades son –inevitablemente– procesos históricos, y por tanto, dinámicos. No solo representan lo real, sino que lo transforman... y se transforman. Su reconocimiento es parte de un proceso de percepción y acción, un “nosotros” frente a “los otros”, que puede ser meramente enunciativo o transformarse en la base de la discriminación.

De nuestro pensamiento ético y de nuestra responsabilidad dependerá...

Por cierto, como en todas las esferas de la actividad humana, los interesados en el “no cambio” retratan –y nos van a relatar– identidades “históricas” como definiciones cerradas, firmadas y de imposible –cuando no peligrosa, según ello–, modificación.

Nada mejor para que, entonces, aquellos valores que alguna de esas identidades sin duda encierra, se pierda o se desprecie por reacción frente a la imposición formal y vacía de los mismos.

Buen ejemplo de ello es el bastardeo a que se vieron sometidos nuestros símbolos patrios durante los sucesivos procesos autoritarios, desde la reiteración agobiante de los “cantos patrióticos” hasta la exaltación fascistizante y “berreta” de la bandera nacional en cuanta ocasión se quiera, aún en las más pedestres y superficiales.

La escarapela, en la solapa; el Himno Nacional de pie y sin sonrisas... en la cancha de fútbol, en el cine, en la calle, en las plazas. (Mientras, el patrimonio nacional... ¿Qué es “eso”? ¡”Eso” no interesa, mejor olvídate!, y ahí va, regalado, desde un manuscrito histórico hasta YPF o Aerolíneas, pasando por cientos y cientos de etcéteras)

Desarrollos industriales y comerciales determinan por su propia voluntad el uso del espacio, pasando por encima de sus habitantes y del Estado; arquitecturas del “no-lugar” que crecen sobre nuevas apropiaciones del ámbito público; emigraciones e inmigraciones interiores y exteriores; percepción de un caos social que antes creíamos lejano geográfica e históricamente, van transformando la imagen de la urbe y ofrecen una mixtura complicada para el análisis de sus habitantes...

Definir, en ese marco, una identidad actual porteña (o madrileña o tonkinesa), es tarea casi imposible.

Para nosotros la identidad es absolutamente diferente a la imaginaria representación de algo esencial e inmutable. La entendemos como un proceso activo y complejo, resultante y generador de conflictos y de negociaciones, con mucho de plasticidad, capacidad de variación y reacomodamiento constante.

Dialéctica, la identidad emerge y varía en el tiempo, se retrae, se expande y a veces resucita... pero con nuevas características, fruto de la acumulación, la transformación y la desagregación –percibidas o no–, que genera el devenir histórico, instrumentada y/o interceptada por las ideologías inducidas desde los medios comunicacionales y por la interpretación que de ellas haga el individuo y la sociedad.

Y estas características de la identidad nos trasladan al ámbito del poder, de la lucha por una hegemonía identitaria, por la homogeneización de las mentes, por asignarles un rol determinado, limitado.

El poder, cuyos hilos manejan con dominio cada vez mayor las transnacionales del dinero, las armas, las drogas y el petróleo, intenta –una vez más– hacer desaparecer definitivamente la identidad de cada pueblo para sustituirla por un “pensamiento correcto” común a todos, compuesto por superficialidad, idiotismo y falta de cuestionamientos: la nulidad mental de la humanidad.

Una forma de pensar única, donde reinan los “blancos” o los “negros”, los amigos (¿o cómplices?) o los enemigos, muchos “olvidos” y también muchos recuerdos formales y vacíos, sin señal de los infinitos matices de toda obra humana. En la era de la globalización para el poder solo cuenta la tecnología y la desestructuración del antiguo orden.

 En ese sentido –según hemos intentado exponer–-, debemos defender lo que merezca ser defendido y desmontar lo superfluo, lo egoísta, lo miserable, empeñándonos en mantener viva la consciencia de la humanidad y aquellas esencias que son parte indisoluble del patrimonio de cada pueblo, en el marco de nuestras posibilidades.

De allí la necesidad de resistir construyendo: espacios alternativos; nuevas formas de percibir, sentir, pensar y expresar las relaciones sociales; creando herramientas; formas distintas de vivir nuestro tiempo y su espacio, aprovechando esas tecnologías que el poder –aún sin desearlo–, pone en nuestras manos.

Edificando –en síntesis–-, un nuevo poder, apostamos a que en esta incertidumbre caótica que a veces nos agobia, las nuevas redes–culturales en nuestro caso–, crezcan firmes sobre bases inmutables, pero siempre éticas, plurales, tolerantes, afectivas, solidarias, donde ocupe su espacio la reflexión sobre el mundo y la responsabilidad social.

Como conclusión, la única defensa cierta contra una agresión destructora que no se detiene –- ni se detendrá– ante nada. 

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 Rubén Derlis (poesía)Desde BoedoPapeles de Boedo | E-Books
 

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