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Informes del Sur – Cuadernos de Divulgación N° 8   

  Huracán y Parque Patricios

Fernando Sánchez Zinny

Estadio Tte. Cnel. médico Tomás A. Ducó, circa principios de los '60, un domingo de partido. A la izquierda, la avenida Amancio Alcorta y plateas altas y palco oficial. A la derecha, la lateral todavía era popular y la famosa torre, la calle Mirave y la estación de carga. Abajo, la calle Luna y la popular que hoy ocupa la hinchada local. Al fondo, la popular visitante.

UNA DE LAS zonceras más definitorias del siglo que concluye es la del fútbol, especialmente activa en tierras del Plata. En principio, no es asunto que tenga mayor relevancia aunque sin duda será mañana ilustrativo en cuanto a algunas precisiones sociológicas, útiles para el conocimiento histórico. Acerca de lo inmediato, bástenos con reconocer que lo futbolístico no es sino una de las vías por la cual en nuestro tiempo se canaliza el complejo emocional integrado por amor y odio que define la conducta humana. No podemos los argentinos extrañarnos demasiado de que la gente simple endiose a los futbolistas afortunados y los someta, a la vez y por eso mismo, a perversas vejaciones, pues no en balde somos nietos de las épocas en que el gaucho, tras poner por las nubes su amor por el caballo –“mi bien, mi único tesoro"-, lo exigía hasta reventarlo, empecinamiento que, a ciertos efectos, era lo mismo que matarlo.

Analizado con algún rigor, el tema del fútbol se reduce a una instancia de lugar, a una transmutación ad hoc de las afecciones y aborrecimientos territoriales. El fútbol es, ante todo, una divisa más sus seguidores; dicho de otra manera, una bandera y un grupo que admite sacrificios en su nombre. Por supuesto, qué significa esto dista de ser un asunto claro y nadie sabría -trátese de camisetas o de colores patrios-, determinar hasta dónde llegan los respectivos compromisos, sea en lo que atinente a la abnegación que convendría dedicarles, o hasta dónde las canalladas son exculpables si se cometen en su nombre.

Lo concreto -y lo importante- es que el fútbol habla siempre de un país, de una ciudad, de un barrio. La sabiduría ínsita en los pies de los jugadores/soldados es algo que se descuenta, pues, por otra parte, son profesionales que precisamente cobran por suponérseles habilidosos, pero esto apenas si tiene que ver con la cuestión. No sólo por la condición mercenaria de los jugadores -en rigor, éste es el adjetivo que mejor representa la ubicación subordinada en que se encuentran esos profesionales-, sino, sobre todo, porque lo determinante no es el juego sino el resultado. Cómo y de qué manera se llegue a él es realmente irrelevante, y hasta también lo es su consecuencia lógica de que si es favorable se ha vencido, pues lo que realmente pesa es que pierda el otro, que sea humi- llado, afrentado, vilipendiado.

Se lo dice abiertamente: "No es un juego que luzca , pero es efectivo". 0 en vetusta oratoria de comentarista deportivo: 'Goles son amores y no buenas razones". En vano la delectación intelectual ha imaginado que se trataba de un "ballet con goles", cuando en verdad -como en las guerras modernas- no se trata de demostrar excelencia alguna, sino de establecer la inanidad ajena. De ahí, por ejemplo, que en los mundos exteriormente similares de bailarinas y futbolistas, descuelle, como diferencia esencial, la ausencia casi absoluta entre éstos de las envidias y celos que enloquecen a aquellas.

Es comprensible: la bailarina está ante un horizonte en el que acaso pueda convertirse en una personalidad notable. Sobre el futbolista, en cambio, pesa la fatalidad de una adhesión anterior a él. Haga lo que haga, se lo considerará según la utilidad que reporte al bando en el que está enrolado; en lo individual, no pasa de ser una abstracción cuyo significado no excede nunca de lo anecdótico.

Este pequeño esbozo de razonamiento sobre esa diversión popular tiene por finalidad justíficar el intento que a continuación se hará por relacionarla con uno de los barrios porteños más característicos. Con absoluta buena fe creemos que esa maniobra conceptual no es en absoluto arbitraria aunque sí convenimos que es extremadamente casual y circunstancia]. Sin el fútbol, ese barrio -Parque Patricios- seguramente no existiría como tal; no obstante, es probable que si mañana languidece el interés multitudinario por el mencionado entretenimiento, el barrio subsista y  hasta llegue, dado ese antecedente, a constituirse en hecho enigmático, al perder su sentido la referencia futbolística, del mismo modo que a menudo es difícil comprender hoy el emplazamiento de muchos poblados cuya fundación se originó, por ejemplo, en consideraciones militares. [Fragmento]

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 Rubén Derlis (poesía)Desde BoedoPapeles de Boedo | E-Books
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