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Esquina noroccidental de San Juan y Boedo en 1935. LA esquina.

Fernando Sánchez Zinny

La identidad de los dos Buenos Aires

Creo no equivocarme si digo que hay dos Buenos Aires a las que conviene caracterizar siquiera para que, al hacerlo, se constituyan en inequívocamente comprensibles. Ante todo es necesario designarlas de alguna manera y, siquiera por razones de comodidad. llamaremos “de Borges” a una y “de Marechal” a la otra. De acuerdo: no son denominaciones demasiado precisas ni tampoco vienen acompañadas por una justificación que no deje lugar a dudas. Son, apenas, aproximaciones y en cuanto tales, sugerentes y hasta  inobjetables. Es más: son la verdad, justamente porque no pretenden ser la verdad en detalle.

El Buenos Aires de Borges abarca toda la ciudad vieja desde Puente Alsina a Primera Junta, Parque Centenario, el borde “céntrico” de Villa Crespo y el Maldonado. Por su lado, el Buenos Aires de Marechal es la ciudad exterior y sus prolongaciones en el conurbano, con las probable excepción de Avellaneda, en algunos aspectos asimilable a un derruido barrio fabril del continente borgeano.

¿Cuál es la diferencia? Por supuesto, la antigüedad en primer lugar; la primer área es el enclave inicial de la población porteña hasta 1860 o 1870, incluidos los andurriales de esa época; la segunda, corresponde al crecimiento portentoso experimentado por nuestra metrópoli en el medio siglo que siguió a la última de esas fechas, por obra, en primer lugar por la marea inmigratoria que inundó estas playas.

Como natural derivación y proyección de lo anterior, el ánimo de la gente deber ser y es, en efecto, diferente: mal o bien, de modo retaceado o pleno, los habitantes del sector primigenio “son” porteños, están establecidos con viabilidad demostrada en el epicentro  de las contradictorias circunstancias sociales que constituyen la historia de esta ciudad y de cualquier otra, y cuentan, a la vez, con un sistema de barrios consolidado en la tradición. Los del segundo sector es se hallan, en principio, en situación similar, sólo que, a ojos vista, lo que en aquellos es un elemento por completo diluido en los entresijos de la conciencia, en éstos a menudo se advierte en la superficie, con claros indicios de estar aún en elaboración, conforme el inmutable patrón racional y el simultáneo y siempre modificado patrón ideológico. Es decir, se trata –los segundos– de porteños que, fundamentalmente, procuran serlo mediante un acto de voluntad, con frecuencia  compartido por grupos enteros, por familias en las que un determinado esquema cultural adquiere rasgos normativos; pero –según es lógico– ese acto de voluntad puede faltar o no manifestarse con la suficiente intensidad y entonces tendríamos resultados decepcionantes  en relación con el presumible objetivo ansiado de fundirse en el conjunto preexistente, al que se intenta acceder tras haber llegado tardíamente.

Lo político como opinión expresa y lo cultural como práctica sostenida de ciertas actitudes son moneda de curso forzoso en el mundo de Borges y sólo valores transables en el de Marechal, donde incluso suelen corresponder a aspiraciones ajenas a ese ámbito físico. ¿Por qué? Porque en el primero las cosas están dadas y en el segundo se están haciendo. Por supuesto, los intelectuales por el sólo hecho de serlo estamos casi absolutamente metidos en el primero, cualquiera sea nuestro domicilio y procedencia. Leopoldo Marechal –quien, por supuesto, también se hallaba en ese caso– se encargó piadosa, querendona, entrañablemente– de describir ese continente al que estamos dando su  nombre. Es cierto que antes de él, Elías Carpena nos contó de un Buenos Aires que no era Buenos Aires, pero con la salvedad de que tampoco era su contraparte, sino la vieja campaña porteña tal como se la podía encontrar a espaldas de los barrios más pobres; más tarde –y aunque no es exactamente lo mismo–  la morosidad a propósito de la indefinición que define a “las afueras”, a “las orillas” se encuentra en autores diversos, desde Manzi en la vena popular, hasta Borges en la literaria.

Pero las monótonas cuadras surgidas de los loteos, las casitas que nada tienen que ver con los conventillos, las polvorientas calles todavía de tierra que nunca llegaron al arrabal, el pintoresquismo reducido a unos pocos fantasmas como los vendedores de pavos y de canastos, el peón a caballo que traía la vaca, el verdulero de carrito, el lechero vasco, el panadero “de la Panificación”, todo eso corresponde en sustancia y en trascendencia a la obra en prosa de Leopoldo Marechal. Hay modalidades expresivas muy propias de este escritor que lo ubican resueltamente en ese mundo nuevo, ajeno a malevos, al sainete ofensivo y depresivo  y aun al tango, a las compadradas, a los desplantes de café o de comité.

Mundo posterior al de los anarquistas, al de los socialistas, al de los sindicalistas, al de los execrados  señorones, y que ocasiones era una simple constelación de dormideros al que se accedía mediante el tranvía o el tren, más tarde maduró en hosquedades y en el hoy clásico descreimiento  cívico. Por contrapartida, también lo hizo en sociedades de fomento y peñas folklóricas tras haber conocido el club de barrio, la velada danzante con tangos domesticados, la subcomisión de damas y hasta cierta ilusión deportiva que muchas veces ha sido la peculiaridad más marcada de esos parajes adventicios, con hondas secuelas en lo que han venido a ser con el correr de los años.

Ante todo hay que reparar en que Marechal era católico, por oposición al antiguo desinterés criollo por las cosas de la religión y, a la vez, en afinidad estrecha con la conmovedora devoción traída por el pobrerío español e italiano. Y ese pobrerío católico –católico en el buen sentido de la palabra, católico como epítome de campesinos que eluden sutilezas–  era deliberada y necesariamente familiero, que es la gran novedad que la inmigración incorporó a la Buenos Aires de fines del siglo XIX. Consecuencia inmediata de esto fue que el albañil se convirtió en el gran protagonista de la etapa nueva, como cabeza de una transformación que acarrearía mil nuevos oficios junto con pequeños talleres de los que surgiría un tráfago nuevo, muy distinto al tradicional, así como un mejoramiento en los ámbitos de residencia bastante notorio. Abarcaban esos cambios una zona muy amplia y difusa, donde el anonimato es lo habitual y el desarraigo una cruz no demasiado insólita para quienes conocen los matices que diferencian a Pompeya de las soledades de Soldati, a Boedo de Parque Chacabuco, a la La Paternal a Agronomía, a Villa Crespo de Colegiales.

Para aquel lado, antaño zona de niñas casaderas que habían estudiado solfeo y teoría, o corte y confección, o que eran maestras,    –“normalistas”, se les decía–, mucho permanece igual. Por supuesto, tal como lo impone la dispersión y el aislamiento de la modernidad, ocurre que allí ser conocido es, prácticamente, conocer a muy pocos. Lo familiar, por otra parte, es exclusivista y eso también se mantiene, ahora con las estaciones de servicio como puntos de referencia. Y lo exclusivista tiende a cristalizar en grupos, en comunidades cerradas. No en balde las descripciones y novelas hablan al respecto de cosas que en el otro andarivel resultan exóticas o abusivas: manosantas, talleres de escritura, adivinos, astrólogos, tarotistas, videntes, vegetarianos, cooperativistas y tantas otras mínimas masonerías armadas para atemperar el desamparo que se encona con las casas, en las innumerables manzanas en que la población ralea.

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 Rubén Derlis (poesía)Desde BoedoPapeles de Boedo | E-Books
 

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